Los programas de ajedrez y los procesadores ultrarrápidos significaron democratizar el ajedrez y poner al alcance de cualquier aficionado toda la información necesaria para que un jugador profesional no le ganase casi sin despeinarse en la apertura. Una simple consulta y millones de celadas durmieron el sueño de los justos. Lejos quedan las imágenes de los preparadores de la antigua Unión Soviética, o destacados grandes maestros como Lev Polugaevsky, que acudían a los torneos de Candidatos con baúles y baúles de libros.
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