Pues sí: soy un glotón. Como mucho, sin orden ni concierto y de manera totalmente insana. Siempre fue así: mi educación gastronómica es catastrófica, como la de la mayoría de la gente de mi generación. Ahora se ha puesto de moda hablar mal de nosotros; créanme: se quedan cortísimos. Los llamados boomers somos una calamidad, no porque lo hayamos tenido todo más fácil que las generaciones posteriores (ese es el típico espejismo falsamente manriqueño del “cualquier-tiempo-pasado-fue-mejor”: Manrique jamás profirió semejante sandez), sino porque nadie nos preparó para las dos revoluciones fundamentales de nuestro tiempo, tan interiorizadas por los jóvenes que muchos incluso se permiten el lujo de rebelarse contra ellas: ni nos educaron para la igualdad —los boomers salimos machistas de fábrica—, ni para la preservación del planeta —los boomers crecimos sin la más mínima conciencia ecológica—; no niego que algunos estén haciendo esfuerzos para ponerse al día, pero esa es la realidad. También es una realidad que, a nosotros, a diferencia de los jóvenes, nadie nos enseñó a alimentarnos de una forma sana, racional y sostenible: nuestra época carecía de dietistas y nutricionistas, de suplementos de gastronomía en los diarios, de chefs estrella en la tele, incluso de Karlos Arguiñano; así que muchos seguimos comiendo de forma insalubre, irracional e insostenible. Para que luego vayamos dando lecciones por ahí.
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Especial Gastro de ‘El País Semanal’
Este reportaje forma parte del Especial Gastro elaborado por ‘El País Semanal’ y EL PAÍS Gastro, que se publica en su edición impresa el domingo 23 de noviembre.
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