Un día, en la escuela, Silvia Medina sintió un pinchazo en el glúteo izquierdo, una molestia inesperada que le llevaba de vuelta al infierno de dos semanas atrás, cuando una lluvia de balas casi acaba con su vida. Estaba en el salón de clases e, inquieta, pidió permiso para ir al baño. Cuando estuvo sola, buscó ese plano irritado de su piel y vio de nuevo la herida, la brecha en la carne producto de dos esquirlas de proyectil. La tocó. Sabía que una de las esquirlas seguía dentro, tan profunda que los médicos no habían podido sacarla. Pero el dolor era nuevo, “un pulso, como un piquete”. Por la tarde, ella y sus padres acudieron al hospital. Allá, los médicos le dieron unas pastillas y el dolor se fue, pero el recuerdo había tomado posesión de su cerebro y no había pastillas, ni remedio alguno, que hiciera que todas aquellas imágenes –sus primas cayendo muertas, el ruido infernal de los disparos, la sangre, los soldados gritando– se fueran.
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