La empresaria Andrea Terumi Nakagaito, de 50 años, camina con paso ligero por Liberdade, un barrio de São Paulo donde ancianas encorvadas de ojos rasgados eligen con mimo las verduras, triunfan el sushi y los palillos, las tabernas más genuinas guardan la botella de sake del cliente hasta próxima visita, y, al alzar la vista, aparece un gigantesco mural del monte Fuji. ¡Bienvenidos al rincón más japonés de Brasil! Tres de los cuatro abuelos de Terumi Nakagaito llegaron desde el imperio del sol naciente a principios del siglo XX. Arribaban gracias a programas de emigración organizada, la mayoría a trabajar en las fincas de café del interior de São Paulo, aunque algunos fueron enviados incluso a colonizar remotos rincones de la Amazonia.
Seguir leyendo






