Lo ocurrido en el Levi’s Stadium no fue simplemente un concierto de medio tiempo. Fue, en el sentido más profundo del término, un acto de insurrección cultural en el corazón del espectáculo más estadounidense que existe. El Super Bowl no es solo fútbol americano: es un ritual de identidad nacional, una vitrina cuidadosamente curada de lo que Estados Unidos decide mostrarle al mundo como su espejo ideal. Por eso, que Bad Bunny haya ocupado ese escenario no fue una anécdota pop, sino una intervención política, aunque no se haya pronunciado un solo discurso explícito.
Seguir leyendo




