Sentada frente a la cocina, Lucía Muñoz esperaba de niña, junto a sus 15 hermanos, a que estuvieran listas las arepas que hacía su mamá. Vivían en “una casita de campo”, cuenta, en el municipio de Subachoque, en la Sabana de Bogotá, y el olor que salía de la plancha de carbón hacía casi imposible contenerse. “No hay quién se resista a una arepita”, asegura.
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