Todo en esta historia acaba por volver al Cabra. Todo acaba por llegar a él, Cabrero Segundo, el “famoso lacandón”, el patrón, un hombre mediano, de metro 65, tez morena, con su pancita, su barba y bigote de candado, y los tatuajes: una cruz en el hombro izquierdo y un jaguar en el derecho. Un sujeto peculiar. En la película que mandó hacer de su vida, eligió a un actor lleno de músculos que le sacaba 21 centímetros. En el apogeo de su poder, construyó una pista de aterrizaje clandestina para recibir cargamentos de droga a dos minutos de su casa. Aquella noche en que secuestró a 33 militares, los desarmó y desnudó –nadie olvida aquello en la selva–, pasó las últimas horas de la madrugada esnifando cocaína, delante de ellos, con un billete. El Cabra, un tipo con ambición.
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Fotografía y video:
Quetzalli Nicte-Ha
Edición visual:
Gladys Serrano y Mónica González
Diseño y maquetación:
Mónica Juárez Martín y Ángel Hernández




