A Gabriel García Márquez nunca le gustó que lo asociaran al “realismo mágico”. Cuando su nombre aparecía en letras grandes junto a esas dos palabras, encabezando una lista conformada por autores tan disímiles como María Luisa Bombal, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Laura Esquivel o Isabel Allende, el escritor colombiano esbozaba una mueca de amargura. Sentía que aquel concepto se había convertido en una etiqueta para encasillar su obra, una especie de muletilla superficial que despojaba a sus historias de las reflexiones políticas y culturales que él cifraba en torno a América Latina.
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