Heidy Rojas, de 18 años, es ahora la adulta responsable de su familia. Su mamá murió tras el terremoto que el 10 de agosto azotó al occidente de Colombia. El miedo a las réplicas la agitó y, según le dijeron los médicos a sus hijas, le provocó un pico de azúcar que agravó su diabetes. Pasaron varios días hasta que los vecinos la llevaron a un hospital: nadie en la familia pensó que fuera grave y no parecía necesario gastar los 8.000 pesos (2,5 dólares) del transporte, un dinero que necesitaban para comer. Por momentos, Heidy todavía no cree que su mamá haya muerto. “Siento que está de viaje”, comenta en su casa de cemento, madera y zinc en Quibdó, la capital del Chocó. Al mismo tiempo, le preocupa el impacto que tendrá su ausencia en sus hermanos más pequeños. “Yo voy a estar, pero no es lo mismo”.
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