La ciencia moderna ha aprendido a defenderse con una palabra formidable: utilidad. Investigamos para curar enfermedades y hacer más habitable el mundo; también, para luchar guerras, multiplicar fortunas y fabricar necesidades que nadie sabía que tenía. Pero hay preguntas científicas que surgen de las profundidades de lo humano y que ni siquiera la confusión de la modernidad ha conseguido ofuscar del todo. ¿De qué está hecho realmente el universo? ¿Qué extraño orden hace posible la materia viva? ¿Cómo puede un pedazo de materia llegar a pensar que existe? Este año, los premios Nobel parecen haberse confabulado para honrar a los audaces de enfrentarse a preguntas de esta estirpe.
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