Es posible que el estilo para hacer política de Fernando Adolfo Iglesias se haya gestado en la mesa familiar de los domingos, durante su infancia en el conurbano de la ciudad de Buenos Aires. Los niños no disponían de mucho margen para hablar y, para ser tenido en cuenta, había que colocar una frase corta y filosa: hacerse ver. El flamante embajador argentino ante Bélgica y la Unión Europea hizo de la verba explosiva su sello y llega a Bruselas con un perfil que contrasta con la sobria diplomacia comunitaria.
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