“Es un genocidio”. “Hay que sancionar a los países que financian la guerra”. “Están muriendo de hambre”. Todas son frases que han sido repetidas en los últimos dos años acerca de la masacre en la franja de Gaza. Pero quien las pronuncia esta vez es Yasmin Ullah, una activista de 33 años, que no se está refiriendo al conflicto en Oriente Próximo, sino al trauma que vive su pueblo: los rohinyás. Esta minoría musulmana de Myanmar, país del sudeste asiático, es, según la ONU, objeto de una limpieza étnica desde 2017, aunque el hostigamiento por parte de las autoridades birmanas se remonta a décadas atrás.
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