O invertimos juntos, o no hay futuro que financiar

Una mujer camina con su hija en un barrio en Soacha, Colombia, en 2022.



“Podemos pagar nuestras deudas con el pasado poniendo el futuro en deuda con nosotros mismos”, escribió el novelista escocés John Buchan. Hoy, esta frase resuena con relativa urgencia teniendo en cuenta las “duras verdades”, como las llamó el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, alrededor de la financiación para el desarrollo (F4D, en sus siglas en inglés): los Objetivos de Desarrollo Sostenible, aquella promesa que se le hizo a las generaciones futuras, están dramáticamente lejos de cumplirse, las arcas públicas de muchos países, que deberían ser el principal motor de desarrollo humano, están asediadas por una tormenta perfecta de crisis superpuestas —los coletazos de la pandemia, la inflación, el cambio climático, las guerras y conflictos armados, etc.—, y los recursos de la cooperación internacional, aunque todavía permanecen como una importante fuente de financiación, disminuyen a pasos acelerados a medida que las prioridades geopolíticas cambian. El ideal de un desarrollo global sin dejar a nadie atrás continúa vigente, como también lo está la inminente amenaza de la crisis climática; lo que ya no parece haber son los recursos suficientes para afrontarlos.

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