El sonido de Europa vivió un trauma desorbitante con la explosión de la Segunda Guerra Mundial. Los cañones partieron en dos el continente y tras la derrota de Hitler costó volver a construir una armonía. Pero de eso se encargaron en gran parte las orquestas que fueron recomponiéndose después de la destrucción más cercana al apocalipsis experimentada —y promovida— por la especie en toda la historia occidental. Se lo impusieron como obligación: el horror debía abrir paso, cuanto antes, a la belleza.
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