Rosa aprieta dos espigas de trigo, tres estampitas y una pequeña estatua de yeso contra el vidrio que la separa de la imagen de San Cayetano. Espera que el aura del patrono del pan y el trabajo las infunda con su mística. Ha esperado varias horas en una fila para ingresar al santuario ubicado en el barrio de Liniers, en Buenos Aires, donde cada 7 de agosto los fieles llegan de a cientos para pedir trabajo o agradecerlo. Con la cabeza cubierta por el gorro negro que la ha protegido del frío invernal, Rosa cuenta que es peruana, ingeniera en alimentos, y que hace 30 años llegó a Argentina para hacer un posgrado. Desde entonces siempre ha tenido trabajo de su profesión, pero últimamente también ha aceptado encargos ocasionales para complementar sus ingresos. “Cuido nenitas, engancho lo que sea —dice—. ¿Viste cómo está la situación?”.
Seguir leyendo




