Viajamos a Port-bou en tren. Hace veinte años vi un ciervo desde un tren similar. Se quedó paralizado y movió la cabeza siguiendo el vagón desde el que yo lo miraba. A esa velocidad modesta de los trenes ordinarios, uno puede recostar la frente sobre la ventana y abandonar el alma a la expectativa infantil de ver un animal sorprendente.
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