El teatro de la violencia

Iván Cepeda da un discurso, en Medellín, el 28 de marzo.

Dice Petro (por twitter o X) que la CIA tiene información sobre un plan para asesinar a Iván Cepeda. Dice Uribe (por twitter o X) que guerrilleros del ELN le hablaron de un plan para asesinar a Paloma Valencia. Ningún colombiano que haya estado vivo en los últimos 50 años puede dudar de que ambas cosas sean ciertas e incluso posibles, porque eso es lo que ha pasado en Colombia: nuestra política vive en el temor al asesinato, o, por decirlo mejor, el asesinato es una manera normalizada de la vida política en Colombia. El candidato Iván Cepeda es hijo de un hombre asesinado por la extrema derecha (lo cual se le olvida con frecuencia conveniente al uribismo) y en su partido milita María José Pizarro, hija de un guerrillero que había dejado las armas y fue asesinado por la extrema derecha. La candidata Paloma Valencia compartió partido con Miguel Uribe Turbay, asesinado por las guerrillas que traicionaron los acuerdos de paz (lo cual se le olvida con frecuencia conveniente a Petro), y en su campaña milita Juan Manuel Galán, hijo de un hombre asesinado por el narcoterrorismo. No son los únicos: los dos partidos, el de gobierno y el de la oposición, están llenos de hombres y mujeres que llevan las cicatrices de esa violencia que nos ha definido durante décadas.

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