37 grados al caer la tarde en Ginebra, donde poetas andaluces apaciguan sus almas leyendo lentos sonetos de amor de Ronsard en el quiosco de los Bastiones cuando un rayo rompe la quietud en el muelle del Mont Blanc, compitiendo horizontal, amarillo intenso, con la fuerza y la potencia del chorro que tantas fotos atrae de turistas acalorados. Es Lorena Wiebes lanzada hacia su segunda victoria en la segunda etapa del Tour, cuyos sprints, sean en cuesta, sean llanos, domina, como domina desde hace años las llegadas masivas de todas las carreras. Es una adulta jugando con niñas –tanta diferencia hay aún de nivel en el pelotón femenino entre aquellas que llevan años entrenando como profesionales y las que se asoman ahora al alto rendimiento–, que toma décima o así, rodeada, la última curva antes de la recta final y luego, a falta de 200 metros, un zigzag atómico, un rushhhhh que eriza el pelo de aquellas a las que pasa rozando, paralizadas, la tranquilidad de las vallas a su derecha y un pasillo imperial, una alfombra roja por la que acelera imparable hasta la línea de meta junto al puente. El pelotón es otro mundo, lejano. La segunda, la apreciable sprinter italiana Elisa Balsamo, que ha sido campeona del mundo, llega a tres, cuatro bicicletas de distancia, tan grande fue el claro en el asfalto, rueda con rueda con la tercera, la mítica Marianne Vos, que se rinde. “No hay límites para Lorena”, admite la triple campeona del mundo, de 39 años. “Si el sábado fue ganar el sprint después de un repecho que solo superaron las mejores del Tour y un ataque de Demi Vollering, qué no sería capaz de hacer el domingo…”
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