Las palabras son importantes. A veces describen una realidad. Otras, pretenden modificarla. Cuando Pete Hegseth se convirtió en secretario del Departamento de Defensa de Estados Unidos, empezó a llamarlo Departamento de Guerra. El pasado verano, le añadió una coletilla nueva: Departamento de Guerra de alta testosterona. Lo hizo al anunciar una nueva política que exige que todos los miembros de las fuerzas armadas mayores de 30 años analicen sus niveles de esta hormona. El objetivo, dijo, era preparar mejor a los miembros del servicio para un campo de batalla moderno “brutal e implacable”.
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